Justo ahí.

Y ahí. Justo ahí, cuando ella comenzó a pensar en por qué lo dejó ir, por qué se rindió tan fácil y dejó ganar. Justo ahí, cuando ella lamentaba haberse enojado, haber reaccionado así.
Justo ahí fue cuando él apareció. Luego de meses, luego de días y días en los que ella lo recordaba a cada hora. A cada minuto, a cada segundo. Siempre. Justo ahí, cuando el cielo oscurecía y la noche parecía invadir su alma. Él encendió una luz, sin orientación, sin destino, encendió su camino. Ella caminó hasta él y pudo alcanzarlo.
Al dormir y despertar pensó que era uno más de sus sueños, uno más por el cual recordarlo. Pero no esta vez. Esta vez era justo ahí, era verdad, era verosímil. Todo lo que ella quería había vuelto. Ya nada era igual, él estaba ahí. 
Días pasaron y lo encontró. Después de meses sin verlo, después de en sueños imaginarlo, él estaba, justo ahí. Ella quería abstenerse, besarlo no era opción. Era miedo, era ese sentimiento de extrañeza. Se sentía distante, no podía mencionar más de una palabra. Estaba a su lado, luego de haberlo creído imposible.
Él le preguntó si en verdad lo quería, si a pesar de todo el tiempo y las circunstancias pasadas seguía sintiendo lo mismo. Ella permaneció inmóvil. Era el miedo a contestar, a no saber qué decir. Él continuó diciéndole que, quizás, él había marcado algo importante en su vida... Ella no lo pudo contener, sus ojos se llenaron de lágrimas. Lo que sentía por él iba más allá del tiempo, más allá de los errores, más allá de si funcionaba o no. Ella en verdad lo quería. 
Y lo sigue queriendo, justo ahí.

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