El saciable hecho de una infeliz inmortalidad.
Recorría calles vacías. Ya no sabía en dónde se encontraba, era tal el desconcierto que ni una intuición podía guiarla. Ella, siempre tan insegura, entrelazaba sus dedos en las raíces de su cabello, a modo de desesperación. No encontraba nada que la dirigiera, ni nadie que le sugiriera hacia dónde orientarse. Era el viento, que la mantenía loca, y no loca nerviosa, sino loca desesperada, intentando refugiarse en un mundo vacío. Si, vacío porque ella ya no creía en nada, ni en nadie... se sentía vacía. En semejante situación desesperó. Intentó correr pero ahora eran sus piernas quienes la detenían. No podía creerlo, que su propio cuerpo la limitara, tal como si sus sentimientos no concordaran con las órdenes enviadas por su cerebro. Ya desconcertada, miró al cielo: el ocaso caía sobre la tarde helada. Sin poder soportarlo, suspiró. Ya no encontraba salida, su cabello comenzaba a deteriorarse, el viento la despeinaba, ella se largó a llorar. Era su llanto, que desarmaba. Tanta congoja...