Y después, sonrió. Ya nada parecía tan oscuro como lo creía ver, comprendió que debía asumir aquellas espinas y quizás hasta tomarlas de ejemplo para transformarlas. Intentó mirar para atrás con una sonrisa, entendió que todos los errores podían ser modificados, que cada tropiezo hoy le dejó una enseñanza. Comenzó a ver que creció y maduró gracias a aquellos momentos de sufrimiento, porque al fin y al cabo se madura con los daños y no con los años. Miró, luego, hacia adelante y divisó un camino repleto de sonrisas, y quizá también de llantos. Pero supo entender que es parte de la vida, ese extraño círculo vicioso en el que sufrimos y nos alegramos, esa reciprocidad entre lo bueno y lo malo, ese entender que se necesita sufrir para estar bien, llorar para mejorar, golpearse para levantarse. Y una vez que creyó entender la vida, ya no le pesaban aquellos rencores, ya no miraba hacia atrás lamentándose, ya no quería volver al pasado... sino que, se abstuvo a mantener...
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Me hallé muy lejos de aquí. Fue casi como haber emprendido un viaje lejos de mi, centrándome en todo lo que quizás no me interesaba y cayendo por los dotes del amor. ¿Dónde quedé? ¿Todavía estoy? Sí, algo queda de mi esencia, algo muy profundo en mi alma, que todavía es digno de guiarme. Mis aficiones, mis gustos, mis apegos... no se han ido. Debo reencontrarlos... ¿o quizás reencontrarme? Sí, quizás sea eso, por no poder compartir mis metas, mis ilusiones, guardé en un cajón mis sueños y de veras me equivoqué. Volveré, juro que volveré a lo profundo de mi, me encontraré, jugaré con mis aficiones y seré feliz conmigo. Porque no hay mayor felicidad que la propia