Cuando una pisada en falso puede costar todo un futuro lejos. Cuando pocas cosas van partiendo un corazón en pedazos. Cuando poco a poco el amor se disuelve para dar paso a sentimientos negativos. Cuando no se la juegan por vos, pero tampoco te saben soltar. Cuando salen a un bosque lleno de árboles y vos pareces ser uno más. Cuando no hay nada que parezca distinguirte del resto, de los demás. Cuando el día y la noche dan igual, cuando reemplazar uno por otro es fácil y así no más. Realmente el amor que vale es el que le importa cómo estas. Cómo te hacen sentir, si parte de una arboleda o si como un roble tan especial. La imaginación que sale de mi estomago revuelto. Las palabras que escribo para a mis lágrimas ponerles freno.
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Hoy al despertarme, entre la resaca y el maquillaje corrido, me puse a reflexionar (sí, a reflexionar) sobre la información que transmitimos como personas, la energía que expulsamos. Y me di cuenta que, la variación en esto no siempre depende de uno mismo, ya que somos seres que trabajan en conjunto y en cierta manera somos un todo: sin un otro, no existiría un yo. Entonces pensé también que si estamos compuestos por átomos (en cierta manera, por efecto de una gran explosión cosmológica), somos todos en cierto modo producto de la misma esencia: es imposible que estemos separados y que nos leamos como seres cien por ciento individuales. Pensemos en esto: a veces pensamos que somos de cierta manera porque interactuamos con cierto entorno, en cierto momento y en cierto lugar. Eso condiciona la manera en que actuamos y en cómo nos vemos a nosotros mismos. Si nos sacamos de contexto, nos damos cuenta que no somos nada sin un entorno. Nos damos cuenta de que necesitamos recibir información ...